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Aprendizaje experiencial: hasta dónde llegamos por no pasar la bayeta

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Hoy compartimos la experiencia real de una compañera que decidió enseñar una valiosa lección a uno de sus hijos. Muchas veces, lanzamos amenazas que sabemos de antemano que no vamos a cumplir. En cambio, esta madre se mantuvo firme, cumplió su plan y su adolescente aprendió de su error.

 

En nuestra familia numerosa hay muchas tareas de casa repartidas por turnos. Claro está, enseguida hay excusas o despistes para no hacerlas y papá y mamá tenemos que estar atentos a que no queden sin hacer.

Hace unos días, tras cenar juntos, le recordé a A. (12 años) que tenía que pasar la bayeta. Y en mitad del pasillo, entre la cocina y el salón, tuvimos uno más de nuestros enfrentamientos sobre

“por qué me toca a mí hacer esta tarea si no me gusta y no quiero”.

Yo repetí, como otras veces, que vivimos en familia, que compartimos la tarea, que todos/as hacemos cosas por los/as demás y él empecinado en que no iba a pasar la bayeta a la mesa, que no quería hacer nada por los demás, que ojalá viviera solo y que no pasaba la bayeta de ninguna manera. Así que cansada de que no avanzaran las negociaciones lancé mi órdago: “si no vas a hacer nada por los demás, los demás tampoco haremos cosas por ti”. “No me importa”. “Está bien, si es lo que quieres, a partir de ahora dejaremos de hacer cosas por ti…”. A. se dio media vuelta y se fue muy digno a su habitación.

Y empezó la vida sin hacer cosas por A. en casa. Para empezar nadie le dijo a qué hora se tenía que acostar ese mismo día. Y a la mañana siguiente nadie le despertó así que se levantó apurado con la hora para descubrir que no tenía el desayuno hecho. Tampoco se llevó el almuerzo al colegio porque nadie se lo había preparado. Y lo peor es que nadie le recordó que tenía excursión y se llevó la mochila del colegio con su ropa deportiva, sus materiales para el aula… Fueron sus hermanas pequeñas las que le recordaron antes de salir de casa que tenía que coger la bolsa deportiva para ir a la actividad extraescolar y se ofrecieron a compartir con él el almuerzo en el colegio.

Esa mañana él se mostró indiferente, como si todo lo que le iba pasando no fuera importante. Yo estaba preocupada pero firme en que aprendiera de la experiencia (el llamado aprendizaje experiencial), queríamos que descubriera y valorara todas las acciones pequeñas, inadvertidas, que hacemos por él (y sus hermanas y hermano) y dejara de poner pegas a las tareas que “son para todos”, para el bien común. Pasé el día pensando mucho en él, sabiendo que estaría disgustado cuando descubriera que tenía excursión y no iba preparado.

Cuando nos juntamos a la salida del colegio, iba muy cabizbajo. No tenía merienda y sus hermanas la compartieron con él. Se mostraba ofendido pero triste. Y cuando en el coche comentamos qué tal había ido el día él dijo que fatal y se quebró. Reconoció que había tenido mal día porque nadie le había dicho lo de la excursión, no tenía almuerzo… Yo le recordé las palabras de la noche anterior y cómo lo que había experimentado era consecuencia de su decisión: si no haces nada por los demás, los demás tampoco harán nada por ti (la regla de oro: trata a los demás como quisieras que te trataran a ti) . A. se puso a llorar, estaba muy arrepentido, lo sentía mucho, no pensaba que las cosas fueran a ser así, que no sabía todo lo que hacíamos por él, que le perdonásemos y que iba a hacer las tareas de casa sin problemas…

Por supuesto, la reconciliación fue inmediata, las hermanas compartieron su merienda y, hasta el momento, A. no ha vuelto a escaquearse de sus tareas domésticas. Supimos mantener la consecuencia que le habíamos puesto a su comportamiento y mereció la pena: lo que vivió en primera persona no lo olvidará; ha interiorizado el valor del trabajo que hacemos unos por otros en la familia y la necesidad de que cada cual aporte su granito de arena.

Del “no me importa” hemos pasado al “sí importamos”.

Y vosotros ¿que aprendizajes o estrategias creativas aplicáis en casa? ¿Con qué resultado? Podéis compartir vuestros trucos de crianza en los comentarios.

1 Comment
  • dcifrian
    28 agosto, 2019

    Posiblemente, la mejor “estrategia” sea empezar a una edad muy temprana. A partir de los 3 años, los niños ya son capaces de llevar los cubiertos, o las servilletas a la mesa, y traerlas de vuelta, junto con su plato. El “reto” que les planteamos ahí, es que no se les caiga nada. El premio por conseguirlo; un comentario de felicitación o un choque de manos.
    Sin darnos cuenta, estamos creando un hábito que luego no nos costará demasiado que sigan realizando, al mismo tiempo empieza a ser consciente de que en casa todos echan una mano.
    Llegando a los 4 años, estamos ahora con el complicado reto de hacerse la cama los fines de semana. De momento, se la hace a su manera….pero se la hace!.

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