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El valor de la perseverancia

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La perseverancia es el esfuerzo continuo necesario para conseguir todas aquellas metas y objetivos que nos propongamos y la habilidad para buscar soluciones y superar los obstáculos que nos encontremos por el camino. Con perseverancia se obtiene la fortaleza y esto nos permite no dejarnos llevar por lo fácil y lo cómodo.

Todas las capacidades intelectuales, emocionales, ejecutivas, deportivas, son hábitos que se adquieren mediante entrenamiento. Puesto que se trata de adquirir hábitos es preciso insistir en ellos en cada etapa del desarrollo infantil. Para conseguir el aprendizaje, tenemos que utilizar los recursos de que disponemos. En cada edad, para cada niño y para cada hábito deben utilizarse de diferente manera. Podemos definir la perseverancia como la capacidad de mantener el esfuerzo para conseguir una meta y que ayuda a que el niño se vaya convirtiendo en una persona resistente y con un tono vital proactivo.

Si creemos en lo que hacemos y nos armamos de paciencia para sortear los obstáculos que se nos presentan en el camino, si no perdemos de vista nuestras metas y luchamos contra el cansancio o el desánimo, sentiremos una incomparable satisfacción cuando tengamos ante nosotros el fruto de nuestro esfuerzo.

Conviene comenzar la educación de la perseverancia a partir de los 2-3 años, cuando el niño comienza a desear ser autónomo. Por ejemplo, cuando quiere comer solo, atarse los zapatos, La búsqueda de la competencia es su gran motivación. Podemos educarle para mantener el esfuerzo dejándole que haga las cosas solo, guiándole si es necesario y exigiéndole que termine lo que comienza, sin sucumbir a la tentación de terminarlo por él.

 

Cómo trabajar la perseverancia

En cada momento de su evolución, nos guiará la aplicación de algunos recursos básicos:

  1. Examinar el entorno y definir los objetivos. Selecciona las experiencias y las informaciones a partir de las cuales el niño va a construir su representación de la realidad, su mundo. Ha de aprender que las tareas que se inician hay que terminarlas. Cuando el niño tiene 4-5 años debe aprender, como una cosa natural, que todos tenemos deberes. Es importante que el niño tenga la experiencia del éxito merecido, porque es un gran activador de energías. Para ello hay que plantearle metas adecuadas, lo suficientemente difíciles para que sienta la satisfacción de conseguirlas, pero no tan difíciles que la probabilidad de fracasar sea demasiado alta. No conviene ser excesivamente exigentes. Pero tampoco demasiado laxos. El niño detecta con una precisión notable el elogio no merecido. Tiene que poder evaluar sus resultados, y sentir que progresa.
  2. Formación de hábitos. Los hábitos se adquieren por repetición y son una gran ayuda para la acción, porque la facilitan (creando automatismos), y pueden convertirse en fuente de motivación. También nos permiten adquirir resistencia para soportar el esfuerzo y para aguantar la frustración. Para desarrollar esos hábitos resulta útil realizar actividades guiadas y compartidas, según la edad del niño. Permiten dirigir su atención, animarles en los momentos de distracción o desánimo, mantener la actividad. Como saben todos los entrenadores, la resistencia se consigue aumentando paulatinamente la dificultad de la tarea. El deporte es un modo estupendo de fomentar la actividad y el gusto por el esfuerzo.

Es necesario trabajar día a día con el niño su inteligencia emocional.

 

  1. Los premios. El premio es la gran herramienta para favorecer el aprendizaje del esfuerzo. Debemos recompensar con el reconocimiento, el elogio, la demostración de orgullo cualquier esfuerzo del niño, aunque no haya conseguido su meta. El esfuerzo debe ser premiado por sí mismo.
  2. Las sanciones. Conforme el niño va adquiriendo responsabilidad debe saber que las acciones tienen consecuencias, algunas de ellas desagradables. La sanción cuando, por ejemplo, el niño abandona la tarea, etc. debe tener un carácter de “consecuencia” natural’, señalada desde el principio. No es la madre ni el padre quienes castigan, es el niño quien ha elegido la sanción, que debe presentarse como algo intrínseco a la acción hecha.  “Si no recoges los juguetes, no los usarás mañana”. Es importante que el niño vaya aprendiendo que las normas y sus consecuencias afectan a todos. Las normas no las inventan los padres.

Conviene que el niño sepa que hay que cumplir los compromisos.

  1. El ejemplo. La perseverancia se aprende por imitación. Si el niño ve que sus padres no claudican con facilidad, soportan el esfuerzo y se enfrentan a los problemas, es muy probable que adquiera esa misma actitud. Especial importancia tiene la forma en que los padres interpretan las dificultades. Verlas como un reto, no como una tragedia. Y también la forma de interpretar los fracasos, aprovechando la experiencia. El modo en que los padres manejan sus propios sentimientos constituye una verdadera enseñanza porque los niños son muy permeables y captan perfectamente hasta los más sutiles intercambios emocionales entre los miembros de su familia.
  2. Cambiar las creencias. Hay algunas creencias que pueden dificultar la perseverancia. Por ejemplo, la idea de que no conseguirá alcanzar la meta, la creencia en la propia incompetencia, la creencia perfeccionista de que si no se hace perfectamente más vale no hacerlo, la creencia de que las cosas se merecen sin esfuerzo.
  3. Cambiar las motivaciones y sentimientos. La motivación de logro es la que favorece más el esfuerzo y conviene fomentarla. Hay sentimientos, como la inseguridad o el miedo que pueden desanimar. La presentación de incentivos para la acción perseverante, enseñar al niño a animarse a sí mismo (habla interior) es importante.
  4. El razonamiento. No basta con dar consejos rutinarios, hay que dar razones y señalar ejemplos para convencer de la necesidad de esforzarse para conseguir las cosas. Explicar al niño que puede encontrar grandes satisfacciones si se esfuerza, que progresar es muy bonito, que todos podemos mejorar si nos entrenamos. Parecerá que no sirve para nada, pero es la última línea de resistencia.

Bases para educar con perseverancia

La educación de la perseverancia está relacionada con otros temas de gran relevancia educativa: responsabilidad, deber, esfuerzo, frustración, motivación de logro, hábitos. Los perseverantes son: pacientes, disciplinados, decididos, valientes, responsables.

Hemos hablado de cómo educar la perseverancia. Pero, ¿qué ocurre si no se ha hecho o no se ha conseguido? ¿Se puede “reeducar”? En ese caso, lo más probable es que ya se hayan formado una serie de “malos hábitos” que hay que desmontar. En los  cursos anuales y en los Seminarios de la Universidad de Padres podemos ayudarte.

Con espíritu aventurero y con mucho respeto puedo decir que estoy en estado de aprendiendo a aprender en un mundo fascinante a la vez que en continuo movimiento como es el de la educación y, a la vez, en la misión de intentar difundir los conocimientos creados por los grandes investigadores del mundo UP. Serendipia!!

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