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¡Gracias, mamá! ¡Gracias, papá! La carta que todos los padres querríamos recibir

Cuando, a las 7 de la mañana, me proponía escribir un post para el blog de la UP, como si fuese una mezcla de inspiración y azar, he abierto el correo y —¡oh sorpresa!— Manuel y Esperanza, alumnos veteranos de la Universidad de Padres, me han reenviado este mail de su hijo Daniel, residente en Canadá, autorizándome a compartirlo con todos quienes desean, trabajan o colaboran para construir los cimientos de una nueva educación.

Queridos padres:

Hoy ha nacido mi hija, vuestra nieta, en un momento histórico y triste de una pandemia global, en Vancouver (Canadá), a ocho mil cuatrocientos kilómetros de distancia de vuestra casa en España, pero muy cerca de vuestro corazón, porque él también late en mi pecho, con idéntico amor, sincronizado pese a la lejanía.  La he tomado en mis brazos, recién nacida, con algo más de tres kilogramos de peso, arropada de inocencia y ternura, poco después de reposar entre los senos de su madre. Y, al abrazarla he sentido la felicidad en estado puro, la energía sísmica de ser padre y, al mismo tiempo, seguir siendo hijo. ¡Sí, he sentido una embriagadora mezcla de felicidad, bondad y belleza, esencia natural de la paternidad plena, querida y consciente!  Esa es la razón por la que os escribo este mail, como si fuese una revelación que necesitara confesaros públicamente y con urgencia. Lo hago para agradecer todo lo que hicisteis por mí y para dejar constancia de que yo, padre muy joven y primerizo, ahora me comprometo a hacer por mi hija. Sé que no sois perfectos, nadie lo es. Sois hijos de vuestro temperamento, de vuestros padres y de vuestras circunstancias, de mis cuatro abuelos que padecieron otros contextos históricas más duros y que os dejaron parte de sus fortalezas  y contradicciones personales. Pero ahora sé que vuestra generosa entrega a la educación de vuestros hijos os hizo ser mejores cada día como personas, aunque —me consta— no era, ni es fácil ahora, conciliar trabajo y crianza.  En mis recuerdos de niño os veo crecer de estatura cuanto mayor me hice y más os iba comprendiendo. Y conste que no es fácil que los adolescentes entiendan a sus padres cuando pasan la etapa de rebelarse contra ellos para afirmar su propia personalidad y su independencia. ¡Cuántas poses juveniles adoptamos e imitamos para sentirnos miembros a la moda de las “tribus” de cada generación, para sentirnos reconocidos por nuestros iguales, según dicen, el error más común a esa edad! ¡Gracias, mamá, por no haberte quejado ni una sola vez cuando mis pesadillas infantiles te despertaban tantas noches o cuando me hacía pis entre sueños! Gracias por tu paciencia cuando estaba aprendiendo a domar mis rabietas y yo no entendía por qué no me dabas todo lo que te pedía; cuando, realmente, tú sabías que lo que necesitaba era tu atención y tus abrazos, y lo que me sobraban eran caprichos inducidos por otros, por inseguridades o por celos.

¡Gracias, papá, por jugar conmigo y mis hermanos como un león con sus cachorros, enredados entre cosquillas y risas, entre palabras épicas de inocentes batallas! Tú siempre trabajaste mucho, como mamá, pero nunca olvidabas poner tu energía en cada momento compartido para que mis hermanos y yo tuviésemos confianza en la vida. No olvido aquellos años difíciles, cuando estabas en paro, tu tristeza por no poder aportar recursos a casa. Tampoco olvido tu resistencia y tu invencible determinación para sobreponerte y darnos ejemplo; tu gran interés para que amásemos la lectura como tú y aprendiésemos con placer en la escuela. Sé quien soy porque soy vuestro hijo y porque he crecido en un hogar donde prevalecía un clima apacible y generoso: de emociones positivas, de entrega fluida a las tareas de cada uno, de relaciones afectivas con amigos, compañeros y familia —que tan sociable me hicieron—, de metas y compromisos solidarios con causas prosociales, de pequeños logros sucesivos alcanzados y reconocidos, de errores que se volvieron oportunidades, “aprendizajes vacuna”, para seguir madurando con mejor salud física y mental.  Recuerdo que noté un cambio evidente en vuestra forma de educarnos cuando, hace ya doce años, os hicisteis alumnos de la Universidad de Padres creada por José Antonio Marina. Me sonrío al recordar que mi hermana más pequeña os decía: “¿para qué queréis estudiar más, si ya sois los mejores padres del mundo?” Como yo era adolescente, ya me daba cuenta de algunos de vuestros errores… ¿Pero quién notaría ahora unas gotas de agua salada en el cristalino río de aguas dulces de vuestra forma de ser? Aunque sí observé claramente la mejora y la coherencia por el efecto de pertenecer a esa adorable “tribu” de mamás y papás que quieren aprender para ser mejores educadores de sus hijos.  ¡Gracias, mamá! ¡Gracias, papá! ¿Qué más puedo agradeceros? ¡Mucho!

Os agradezco que desde pequeño siempre os sentí disponibles, cercanos y generosos para escuchar mis sentimientos, para orientarme con auténtico amor y exigencia, con la serena firmeza de aceptarme, pero sabiendo ponerme límites y, al mismo tiempo, abrirme horizontes al estimular mi curiosidad, mi esfuerzo y mis aficiones acordes a mis mejores capacidades. Gracias a aquel microscopio que os pedí para Reyes —hoy lo sé—, forjé mi vocación de científico, la misma que ahora me permite trabajar en este laboratorio de bioingeniería, aunque en España me faltaran oportunidades y tuviera que “emigrar con mi talento”.   Gracias por no sobreprotegerme, por haber sabido soltar las amarras para que yo navegase por la vida con tanta autonomía como responsabilidad con mi propio destino. Mi hija ha nacido en una época compleja e incierta, pero yo hoy le regalo, con todo mi infinito cariño, la certeza de que vuestro amor ha florecido, que está sembrado en sus genes y en la sabia actitud de un padre joven como yo, que reconoce el amor que aprende y educa, el amor que se expresa en hechos, en esperanza y en palabras tan necesarias como las recogidas en esta carta que hoy os escribo. De todo corazón, con emoción y profundo sentir os reitero… ¡Muchas gracias! ¡Os amo! ¡Cuánto desearía que mi bebé creciera en nuestro país renacido por una sociedad activa, orientada hacia el aprendizaje, comprometida con la Educación y la Cultura en todas sus fructíferas ramas!

 

Daniel M. J., Vancouver a 20 de junio de 2020.

Tutor y creador de contenidos de la UP, pedagogo activo. Padre con dos hijos, chico y chica, de los que se siente muy orgulloso. Andaluz de Jaén. Ha sido maestro, director de colegio y técnico de Renovación Educativa, habiendo impartido clase a alumnos de todas las edades. Activista por la lectura como necesidad social, modesto escritor y editor de libros, apasionado por la Educación y la Cultura, y cultivador de amigos.

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